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Pan de la Palabra

Domingo de Resurrección

Pan de la Palabra

Después de haber vivido el tiempo de cuaresma con intensidad como espacio de preparación en la conversión de la vida y la Semana Santa como contemplación de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, comenzamos la cincuentena pascual. Es un tiempo de gracia al que la Iglesia nos invita para experimentar con más fuerza la presencia del Resucitado en nuestras vidas, llevados de la mano de la liturgia e impulsados por la fuerza del Espíritu.

El texto del Evangelio de Juan que se proclama este día nos presenta varios personajes. Acompañamos a María Magdalena al sepulcro, el lugar de la muerte y símbolo del silencio de los hombres. Pero con ella descubrimos que el Señor no se encuentra allí. El que es la Vida no puede estar en un lugar donde no la hay. La mujer percibe el misterio pero no puede interpretarlo. Pedro por su parte reconoce esta vivencia de una manera más íntima y personal.

Por su parte el discípulo amado, una figura simbólica del Evangelio de San Juan, se dirige presuroso al escuchar la primera noticia de la resurrección. Esta figura no es identificada con una figura histórica, es un “discípulo”, somos todos los seguidores del Señor. Este personaje sufre de desconcierto como Pedro pero da el paso de la confianza y la fe en la resurrección. El discípulo que se ha encontrado con Jesús, caminó con Él y le vio hacer milagros, escuchó su palabra y estuvo con él viéndolo morir en la cruz. Ese mismo discípulo es movido por la intuición del corazón hacia la certeza de la vida: “vio y creyó”.

Los tres personajes del Evangelio aparecen de prisa, corriendo siempre. Es sólo cuando se detienen y se disponen a observar que son capaces de experimentar. Es la vivencia del hombre de hoy siempre de prisa, ansioso y necesitado de tiempo para el trabajo, la familia, la diversión, la vida social y los medios. La experiencia del Resucitado tiene por el contrario una lógica basada en el detalle, la atención y la escucha. No puede encontrarse con el Resucitado quien no esté atento y lo reconozca, y reconocerlo significa haberlo escuchado y buscado antes.

En esta fracción del Evangelio ni Pedro, ni María Magdalena, ni siquiera el discípulo amado ven al Señor. Para ellos es suficiente la prueba del sepulcro vacío, basta la confianza puesta en la palabra que Jesús les había dado cuando iban de camino a Jerusalén. Esta seguridad y su respuesta de fe se ubican más allá de lo meramente físico y sensible. Ellos se constituyen testigos de esta experiencia.

El testigo es el que ha visto o escuchado algo y lo manifiesta a quien se lo pregunte. En el caso de los cristianos no se trata de datos precisos, dogmas o doctrinas ya aprendidas de memoria, sino más bien de experiencias que dan sentido a esos mismos datos. Así pues, somos testigos fieles no por la precisión en la explicación de los acontecimientos de salvación, sino por la expresión de la vivencia de encuentro y la autenticidad en la coherencia entre lo que se experimenta y se comparte.

¿Qué fue lo que el discípulo vio y de lo que se constituye testigo? Vio un espacio vacío, percibió la ausencia de la seguridad de lo material, de lo pasajero y finito. Comenzó entonces a creer en lo inmaterial, infinito y eterno. Vio el sudario y las sabanas que atacan a Jesús a este mundo y a esta historia y comprendió que su presencia entre nosotros ahora sería de una manera absolutamente distinta. Vio la tumba vacía y creyó en el resucitado.

El mundo en el que vivimos, el cual en muchas ocasiones ha decidido poner su mirada en lo material y su seguridad en lo transitorio, buscando ver y creer. Tal vez su mirada, que es nuestra mirada, necesita ser purificada. Sigue habiendo sepulcros vacíos que necesitamos percibir: la pobreza, el sinsentido, la violencia, el sufrimiento y la muerte. En estos vacíos estamos invitados a descubrir y compartir la vida que nos da el Resucitado y que experimentamos en aquellos que viven a nuestro lado.

La fe en la resurrección nos da un nuevo sentido a la vida. Se trata de una vida que nos lleva más allá de toda experiencia de miseria y muerte. Cierto es que la plenitud de la vida no puede realizarse en lo temporal, por eso la resurrección de Jesús nos da la certeza de que la muerte es sólo un paso para vivir para siempre. Esta no es una fantasía que suaviza el dolor y sufrimiento en quien lo padece, sino la certeza del deseo de un corazón ardiente de vivir para siempre, que hace que toda acción cobre sentido e impulse nuestras acciones. La muerte ha sido vencida en la vida que el Señor nos comparte. La vivencia de la Pascua es la experiencia de lo sencillo y silencioso. Es la experiencia de lo vivido en lo sutil, pero al mismo tiempo profundo y alegre. La vida nueva que presenta una actitud distinta frente al sufrimiento, el dolor, el pecado y la muerte.

Toda la vida es la oportunidad para vivir la experiencia del Dios Vivo en nuestro camino, pero la Pascua es un tiempo que nos da un espacio de mayor intensidad. Intentar que nuestra experiencia de resurrección tome una forma, se convierta en motor de nuestro diario vivir. Y esta experiencia se vive en comunidad, puesto que se descubre a ese Dios en los que están junto a nosotros, especialmente los más pobres y aquellos que sufren. La Pascua debe llegar también a ellos, la vida nueva debe borrar esos espacios de muerte y desolación, pero esto no es un acto de magia, sino la transformación que se lleva a cabo desde dentro, la fuerza del Espíritu del Resucitado que nos impulsa a construir el Reino, el Paso del Señor en nuestra vida y en nuestra historia. Es el esfuerzo por vivir como discípulos, amantes del Señor y como testigos fieles de su vida entre nosotros. No es una mera experiencia única e irrepetible sino la vivencia continua y cotidiana de un encuentro apasionado con el Camino, la Resurrección y la Vida.

Felices Pascuas de Resurrección.

P. Pablo Rodríguez Madrigal.

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