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Vida del Colegio

Misa de envío misionero en San Pedro

9 de junio de 2021

✠Jorge Carlos Patrón Wong 
Arzobispo Secretario para los Seminarios
Congregación para el Clero

Vayan y enseñen

Homilía

En el Evangelio que acabamos de escuchar contemplamos a Jesús con los once discípulos, en Galilea, en el monte que les había indicado. Seguramente más de una vez Jesús habría estado en ese monte con sus discípulos. Uno de los once es Pedro y hoy nosotros nos encontramos al pie de su tumba. Pedro obedeció al mandato de Jesús: “vayan por todo el mundo y enseñen a otros lo que Yo les he enseñado”. Pedro comenzó su misión en Galilea y la terminó aquí en Roma.

Y nosotros hoy estamos en Roma, a pocos días de dejar este lugar para regresar a nuestras Galileas, es decir, a nuestras propias regiones, a nuestra nación, a nuestras diócesis, y las comunidades donde comenzó nuestra historia vocacional, allí donde Jesús se acercó y nos llamó.

Hoy la cita de Jesús no es con los Once, sino con cada uno de nosotros. Él nos ha citado en este lugar y nos dirá lo mismo que le dijo a Pedro y a sus compañeros: “vayan y enseñen, y evangelicen, y anuncien mi Nombre y no se les olvide que siempre estaré con ustedes”.

Para llevar a cabo el envío que hoy Jesús nos hace, es mejor viajar ligeros de equipaje. Llevar muchas cosas, a veces innecesarias, hacen pesado el viaje. Tres cosas, quisiera sugerirles que lleven en sus corazones: pasión, humildad y disponibilidad.

Nuestra Iglesia necesita sacerdotes apasionados, apasionados por el Reino, por Dios y por nuestros hermanos. Contemplemos en Jesús el amor apasionado por su Padre y por sus hermanos. Respecto a su Padre Dios, en una ocasión le dijo a sus discípulos “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió” e hizo la voluntad de su Padre hasta el final, al punto de pronunciar, ya moribundo sobre la cruz, estas palabras: “todo está cumplido”. No obstante, la gente lo buscaba, sacaba tiempo para estar a solas con su Padre. Y cuando estaba a solas con Él no era que se desentendiera de la gente, al contrario, en sus coloquios con Él le presentaría las necesidades y la vida de quienes encontraba y compartía durante sus jornadas de camino.

Su amor apasionado por el Padre lo llevaba a amar a sus hermanos, a sacar espacios para estar a solas con sus discípulos, a compartir la vida cotidiana de la gente; por ejemplo, a aceptar la invitación a comer a casa de algún fariseo, a dejarse enjugar los pies por una pecadora, a tocar a los leprosos para curarlos, a ir hasta la casa de la joven que había muerto para resucitarla, a saciar el hambre de la multitud hambrienta que lo seguía, a perdonar a quienes lo clavaban en la cruz “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”; y en definitiva, a dar la vida por todos en el patíbulo de la Cruz.

Queridos hermanos sacerdotes, pidámosle a Jesús que nos siga configurando con un corazón como el suyo, que también palpite de amor por el Padre Dios y por la humanidad. Que el primero y el ultimo pensamiento de cada día, venga de Dios y a Él vuelva; que, aunque tengamos mil actividades para llevar a cabo, saquemos tiempo para estar a solas con Dios y presentarle las necesidades del pueblo que nos será confiado. Como hacía santa Teresa de Calcuta, quien redoblaba la oración cuando más actividades tenía que realizar.

Recordemos lo que dice el salmista: “si el Señor no construye la casa en vano construyen los albañiles, si el Señor no cuida la ciudad, en vano vigilan los centinelas”. Si en nuestro ministerio sacerdotal escasea el trato íntimo con Dios, algunos o muchos de nuestros proyectos pastorales serán solamente proyectos humanos, que para poco o para nada servirán. El “tiempito” que cada día le dediquemos a Dios, a través de la oración personal y comunitaria, será multiplicado milagrosamente durante la jornada. Los coloquios íntimos y personales con el Señor, no nos alejarán de la gente, al contrario, nos convertirán en pastores más cercanos y amorosos por el rebaño.

Se necesitan pastores que amen al rebaño, que den su vida por él, que alimenten al rebaño en vez de alimentarse del rebaño, que ante el peligro del lobo que viene a atacar no salgan corriendo, sino que expongan su vida para defenderlo y salvarlo. Cuantos jóvenes andan desorientados y necesitan alguien que sepa “perder tiempo con ellos” y los escuche, les oriente, les ayude a discernir su proyecto de vida; tantas familias a quienes acompañar en sus momentos difíciles; cuantos enfermos y ancianos abandonados que parecen un estorbo para la sociedad; y que decimos de los migrantes que pasan por nuestra nación; o del mundo de los presos; etc. La lista es casi interminable.

Ante un México con personajes públicos activos, que se dedican a la polarización, división, odio y violencia, la respuesta de Dios es “les daré pastores según mi corazón”. El Señor les ha regalado un corazón inclusivo, donde hay espacio para todos; un corazón que sabe unir, reconciliar y alentar al bien real de la comunidad.

Un corazón humilde. “Aprendan de mí que soy manso y humilde de corazón”. Aprendamos de Jesús quien siendo Dios se anonadó a sí mismo y tomó la condición de siervo. Aprendamos de Jesús a ser servidores de la humanidad. Aprendamos de Jesús, el Señor y el Maestro, a inclinarlos y arrodillarnos ante el hermano, para lavarle sus pies, limpiarle sus heridas, llevarlo sobre nuestros hombros. Aprendamos de Jesús a oler a oveja, es decir, a no tener asco de las miserias de la humanidad, sino más bien a besarlas y abrazarlas, para comunicarles la fragancia del perfume de Cristo, que se llama misericordia.

Queridos hermanos sacerdotes, no tengan asco ni pereza de ponerse el delantal o de embarrarse las manos por servir al pueblo que les será confiado. No miremos al hermano “de arriba hacia abajo”, es decir, creyéndonos que somos una élite y que estamos por encima del común de los fieles, no pensemos que, porque estuvimos en Roma, ahora ya nos las sabemos todas y ay si alguien viene a darnos una sugerencia, consejo o corrección. Aun podemos aprender mucho de nuestro pueblo y de hermanos sacerdotes que no han pisado una universidad pontificia.

Estemos atentos a las mociones de nuestro corazón y que cuando la vanagloria o la soberbia quieran apoderarse de nosotros, tengamos la valentía de abrazar nuestras propias fragilidades para así ser misericordiosos y compasivos con las flaquezas de nuestros hermanos. Donde hay humildad, allí habrá un jardín donde florecerán muchas otras virtudes; o, al contrario, donde reina el propio yo, allí abundará la mundanidad y la corrupción. “Non io ma Dio”, repetiría constantemente el beato Carlos Acutis, como uno de los lemas que guiaron su proyecto de vida cristiana.

Un corazón disponible. Por un lado, se trata de un corazón maleable que aún se deja formar y transformar, como el barro en las manos del alfarero. Hemos concluido una experiencia romana, pero no hemos terminado nuestra formación. La formación sacerdotal continua. El discípulo de Jesús nunca deja de formarse. Sigan creciendo en todas y cada una de las dimensiones. El día que dejamos de formarnos ese mismo día comenzamos a deformarnos. Y recuerden que no nos autoformamos. Necesitamos del Otro y de los otros. Dios es el que forma y modela en nosotros el mismo corazón de su Hijo, y lo hace directamente y a través de las mediaciones que pone en nuestro camino.

Por eso, nunca caminen solos. Déjense acompañar. Jesús hoy nos ha dicho “Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Jesús está con nosotros y nos acompaña; y una de las maneras que usa para acompañarnos es a través de un padre espiritual. Por eso, una de las recomendaciones que me permito sugerirles, es que al llegar a sus diócesis busquen y encuentren un director espiritual que los escuche, oriente y anime en su camino de formación permanente. Intégrense y promuevan con sencillez las realidades formativas sacerdotales ya existentes y las que se pueden crear en sus diócesis. 

Y, además, un corazón disponible, es un corazón que no pretende llevar a cabo sus proyectos individuales o personales, sino los proyectos de Dios. No tengan miedo de renunciar a sus proyectos para secundar los de Dios. San José es nuestro gran ejemplo, hizo prevalecer los sueños de Dios a sus propios sueños y proyectos.

Dios siempre quiere lo mejor para sus hijos y cuando llevamos a cabo sus sueños, allí seremos felices y haremos mucho bien. “¡Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que trae buenas noticias!” Estén disponibles a lo que la Iglesia les pida por medio de sus Obispos. Que, como el profeta, ante la pregunta “a quién enviaré”, con prontitud y generosidad puedan responder: “aquí estoy, mándame”.

Regresan a México con un corazón más sacerdotal y sensible a la fraternidad sacerdotal. En el Colegio Mexicano aprendieron que sacerdotes desconocidos, evidentemente diferentes, se han convertido no solo en amigos, sino en hermanos. Continúen creciendo en su apertura y sencillez de ser más hermano y más cercano a cada sacerdote de su diócesis.

Encomiendo a N. S. de Guadalupe la vida, la vocación y la misión que cada uno de ustedes realizará en los lugares a donde serán enviados. No se van solos. También nuestra Buena Madre los acompañará. Siempre y especialmente en los momentos difíciles, acuérdense de las palabras que le dirigió a Juan Diego: “No estoy yo aquí que soy tu Madre”. Amén.

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